Cien días de gestos, dudas y títulos.

Por | Gaspar Llamazares.

Pedro Sánchez hace balance de sus primeros 100 días: el Gobierno “hace lo que dice”, pero no es así, o lo es solo en parte, como no podría ser de otra manera para un gobierno en minoría absoluta obligado a buscar acuerdos a varias bandas y a gestionar unos presupuestos ajenos heredados de la derecha. Por eso no estaría de más reconocerlo para evitar deslizarse en un primer balance a mera retórica y aún menos de propaganda.

 

Hemos pasado del cambio de época, a todas luces exagerado, al horizonte 2030 que ya roza la ciencia ficción. No es bueno confundir deseos y realidad, sobre todo para un gobernante en minoría, porque si la utopía estimula, la quimera puede desorientarte.

El presidente del Ejecutivo ha vuelto a destacar el carácter “feminista y europeísta” de su gobierno, lo que fue un gran acierto inicial ampliamente reconocido y que neutralizó en sus comienzos la estrategia de deslegitimación de la moción de censura puesta en marcha por amplios sectores de la derecha. Pero no necesariamente se pueden congelar los gestos inaugurales en el tiempo a riesgo de transformarlos en un rictus, sobre todo si la cantidad encuentra obstáculos para transformarse en cualidad, o lo que es peor, las palmas se vuelven lanzas con la reciente y obligada dimisión de dos ministros por manifiesta incoherencia con el anunciado mensaje regenerador.

Porque es la regeneración política la razón de la moción de censura y es en la recuperación de la confianza ciudadana en la política donde se la juegan el Gobierno, la izquierda, y por extensión la vitalidad de las instituciones democráticas.

Otra prioridad que sí ha avanzado, y se ha notado, ha sido la distensión de la relación con el gobierno de Cataluña y sustituir la confrontación por la confianza y el diálogo en el marco de la ley. Aquí el problema no es el Gobierno, que ha hecho lo que ha podido, sino la polarización política, el proceso judicial y un todavía minoritario conflicto social.

Por otra parte, en relación a la autodefinición del propio Gobierno, ni una mayoría de composición femenina conlleva necesariamente políticas feministas, ni sólo los pronunciamientos europeístas nos acercan a la Europa social, ni la retórica verde a la transición energética y la sostenibilidad.

Siendo así un hecho positivo que en estos cien días el Gobierno ha desbloqueado parte de las propuestas inscritas en el Pacto de Estado contra la violencia de género, convendría avanzar con modestia ante un tema dramático que trasciende con mucho la gestión política y presupuestaria. Lo mismo ocurre con el talante ecologista del Ejecutivo, que por ahora se resume en declaraciones de principios y un certificado de defunción sin matices frente al carbón, las centrales térmicas y el gasoil, y en mucha menor medida en relación a la movilidad o la eficiencia energética, dejando para final de año la presentación de un plan estratégico de transición ecológica y de una la ley de lucha contra el cambio climático a lo que, por otra parte, ya estábamos obligados. Lo fundamental será alcanzar un imprescindible pacto social, industrial y territorial para una justa, equilibrada y viable transición energética e industrial.

Lo mismo ha ocurrido recientemente con la denuncia de un contrato específico de venta de armas a Arabia Saudí por su posible utilización en la guerra del Yemen, que por sus consecuencias para Navantia se ha visto obligado a renegociar.

Sánchez utiliza la misma grandilocuencia sobre el proclamado europeísmo de su política migratoria y su reivindicación del derecho de refugio y de los derechos humanos. Porque, aunque es cierto que el gesto del Aquarius se ha seguido de algunas gestiones en el marco europeo, no se puede afirmar que seamos vanguardia en la UE, tanto por el escaso número de personas acogidas (muy lejos de la cuota asignada por la Comisión Europea) como por los bandazos con las devoluciones en caliente y con las concertinas en las vallas, que no justifican tanto triunfalismo ante una situación tan dramática como la vivida en nuestras costas y en general en el Mediterráneo.

Demasiado alarde también en relación a que “España está liderando el crecimiento económico en el conjunto de la zona euro”, sobre todo a la luz de los datos de destrucción de empleo en el mes de agosto y los primeros signos de debilitamiento en el ritmo de crecimiento. En ese sentido, la prioridad de la justicia social y lo de crecer repartiendo al conjunto de las capas sociales apenas se ha podido concretar, habiendo razones objetivas parlamentarias y presupuestarias para ello. No hay por qué ocultarlo. Quizá aquí el principal avance haya sido el acuerdo entre sindicatos y empresarios en relación al incremento salarial y el salario mínimo.

En lo demás, todo depende del presupuesto 2019 y, previamente, del desbloqueo del escenario financiero aún pendiente de la intrincada modificación de la ley de estabilidad.

Acaso la noticia más relevante en este sentido haya sido la agenda inicial acordada con Podemos en materia política y presupuestaria, a la que le quedan los endiablados detalles, y lo que es más difícil, el apoyo de los nacionalistas, en concreto a los cambios fiscales.

El presidente el Gobierno de España ha incorporado innecesariamente como hechos lo que no pasan de buenos deseos, como el “seguir consolidando el crecimiento económico, haciendo una apuesta por la reindustrialización de nuestro país y por la ciencia y por la innovación y, por supuesto, también por redistribuir el crecimiento”. Reconoce con más modestia y realismo que, a falta de una mayoría suficiente para derogar la reforma laboral, se limitará a eliminar algunos de los elementos más lesivos del Estatuto de los trabajadores, como es la subcontratación y la precariedad. Y mantiene su escepticismo ante la imposibilidad de lograr un nuevo modelo de financiación autonómica en la presente legislatura, aunque apuesta por mejorar algunos aspectos parciales antes de las elecciones.

El presidente ha resaltado además que su prioridad será sacar adelante unos Presupuestos Generales del Estado, en los que ha asegurado que “los pensionistas mantendrán su poder adquisitivo, se pondrá en marcha un plan de choque contra el paro juvenil y se apostará por el Estado del bienestar, la educación, la formación profesional y las universidades”. Aquí también, muchos obstáculos y buenos propósitos por confirmar.

Las medidas más estratégicas aprobadas hasta ahora han sido la recuperación del carácter universal de la sanidad como derecho de ciudadanía y no vinculado al empleo, como intentó hacernos retroceder el PP, así como el desbloqueo de décadas en la regulación de la eutanasia. Igualmente encomiables son las iniciativas en relación con la memoria democrática, impulsadas desde el ministerio de Justicia.

“Cien días intensos y apasionantes donde estamos haciendo posible el cambio”, ha resumido el presidente, no sin exageración. Cien días apasionantes entre los gestos, la regeneración y con demasiados obstáculos y contradicciones por superar.

 

Publicado en Público.es

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