Jerusalén.

Por | Teresa Aranguren.

La primera vez que vi Jerusalén fue a comienzos de los 80, llegamos desde Jordania donde mi marido y yo vivíamos entonces, nuestro amigo Anuar nos había invitado a pasar las fiestas de Navidad en casa de su madre, en Jerusalén; “seré vuestro guía, nos dijo, conozco esta ciudad como la palma de mi mano”. Como tantos otros de sus paisanos, Anuar había tenido que abandonar su tierra tras la guerra de 1967, cuando el ejército israelí ocupó Jerusalén Oriental y el resto de Palestina.

La primera medida de las tropas israelíes, a las pocas horas de entrar en el recinto amurallado de la ciudad vieja, fue destruir el llamado Barrio de los magrebíes, uno de los más antiguos de la ciudad, que, para desgracia de sus vecinos, lindaba con el Muro de las Lamentaciones. Las familias, más de un centenar, que vivían en ese barrio fueron expulsadas manu militari el 10 de junio de 1967, se les dieron tres horas para recoger lo que pudieran recoger y abandonar sus viviendas. Ahora, el espacio donde estuvo el Barrio de los magrebíes forma parte del recinto ampliado del Muro de las Lamentaciones. Así empezó la política de judaización de Jerusalén.

Anuar había estudiado medicina en España y en Alemania y al terminar sus estudios, intentó regresar e instalarse como médico en su ciudad, pero las autoridades israelíes no lo permitieron, solo podía volver a Jerusalén con un permiso especial de unos días para ver a su madre, que aún vivía en la casa familiar, un hermoso edificio de piedra blanca con escalinatas, terrazas, jardín y múltiples rincones para perderse, en el barrio de Beit Hanina. La familia de Anuar es una antigua familia de cristianos palestinos que puede remontar su genealogía y su permanencia en Jerusalén a lo largo de varias generaciones, desde los tiempos del sultán Saladino. Ahora, solo puede ir a su ciudad de visita. Como un turista.

Uno de los mayores atractivos de la ciudad vieja, más allá de sus monumentos y su simbología religiosa, es el variopinto paisaje humano que se ofrece a la mirada del visitante: imanes con casquete o con turbante, popes ortodoxos con túnicas ondeantes y un surtido de crucifijos sobre el pecho, judíos con abrigos de paño negro y grandes gorros de piel a la manera de Centro Europa; y mujeres campesinas con sus túnicas bordadas en colores (los colores indican la zona de Cisjordania de la que proceden) sentadas en cuclillas en el suelo, ofreciendo su mercancía de tomates, calabacines, melocotones y uvas, comerciantes viendo pasar la vida y las cuentas de su rosario desde el umbral de su minúscula tienda, corrillos de jóvenes con la música de sus casetes a toda pastilla, fumadores de narguile vestidos a la occidental pero con la kufiyya árabe en la cabeza, chicas en vaqueros, turistas cargados de cámaras… Y patrullas de soldados israelíes con metralleta al hombro.

En aquel primer paseo por las callejuelas de la ciudad vieja, mientras Anuar se detenía a cada paso para charlar con el vendedor de alfombras que había sido amigo de su padre o para indicarnos la pastelería donde a la salida del colegio solían comprar algunos dulces o los lugares de sus correrías de niño, pensé que Jerusalén era la ciudad más típicamente, quizás también tópicamente, árabe de las ciudades árabes que conocía.

En un momento dado Anuar se paró en un callejón casi lindando con la iglesia del Santo Sepulcro y nos señaló la azotea desde la que, nos dijo, solían saltar de críos a los andamios del exterior de la iglesia, parece que siempre hay obras en la iglesia del Santo Sepulcro, para colarse dentro; luego añadió con la voz cargada de nostalgia “tuve una infancia feliz en estas calles, Jerusalén era el mejor lugar del mundo para ser niño”. Me conmueve más esa definición que la de “ciudad tres veces Santa”. A veces la carga de la historia y de los símbolos religiosos, que sin duda definen la identidad de Jerusalén, deja en segundo plano el drama de la población palestina que habita y ama esta ciudad que le está siendo arrebatada, paso a paso, implacablemente, ante los ojos del mundo.

En 1980, trece años después del inicio de la ocupación, el Gobierno israelí anunció la anexión de Jerusalén Oriental y la declaró capital única, indivisible y eterna del estado de Israel. Todo muy rimbombante y muy épico. Pero ningún país ni por supuesto Naciones Unidas reconoció tal anexión. Ese mismo año el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 478 que declara ilegal la anexión israelí y pide a los países miembros que no instalen sus embajadas en Jerusalén, por eso las pocas sedes diplomáticas, que desde antes de la guerra de 1967 se encontraban en la zona occidental de Jerusalén, se trasladaron a Tel Aviv. En Jerusalén Oriental se mantienen los consulados que funcionan como una especie de representación diplomática ante la sociedad y las autoridades palestinas. En las últimas décadas, los informes sobre la situación de Jerusalén, que los cónsules europeos realizan anualmente, han venido describiendo el proceso de acoso a la población palestina que Israel lleva a cabo en la ciudad vieja y en los barrios extramuros. En varios de estos informes se utiliza expresamente el término “limpieza étnica”. Pero no pasa nada, los informes se entierran acumulando polvo e indiferencia en cajones que es mejor no abrir, no vaya a ser que alguien se pregunte un día por qué los gobiernos de la Unión Europea no hicieron nada cuando lo sabían todo. Lo más escandaloso de lo que pasa en Palestina es que pase lo que pase, no pasa nada.

Los palestinos de Jerusalén viven en una especie de limbo jurídico. Tienen estatus de residentes. Como un emigrante con papeles. Pero los papeles, es decir la tarjeta de residencia que les da derecho a vivir en su casa, pueden anularse con mucha facilidad y por múltiples razones: ausentarse por más de seis años, sea por trabajo, estudios u cualquier otro motivo, significa perder el derecho a residir en Jerusalén, también ser acusado de “deslealtad a Israel” por lanzar piedras contra los soldados o vivir en un barrio que va a ser declarado zona de seguridad o parque nacional o ser familiar directo de un acusado de terrorismo o por construir sin licencia…En los últimos 12 años se han demolido 730 viviendas palestinas en la zona oriental de Jerusalén, el supuesto argumento legal es que han construido o ampliado la vivienda sin licencia previa. La realidad es que nunca se otorgan licencias de construcción a los palestinos de Jerusalén y casi siempre en el lugar de la vivienda demolida se edifica una nueva, esta sí con licencia y todos los permisos pertinentes, para una familia de colonos judíos. Las colonias, todas son ilegales, ocupan el 50% del perímetro de Jerusalén Oriental. El objetivo es judeizar Jerusalén o dicho de otro modo desarabizar Jerusalén o dicho de otro expulsar a la población palestina de Jerusalén. Limpieza étnica paulatina e implacable.

Esto es lo que el presidente estadounidense Donald Trump ha venido a refrendar con su reciente anuncio. No es el traslado de una embajada, sino el respaldo explícito, el implícito siempre ha estado, a la anexión y a la limpieza étnica de la población palestina de Jerusalén.

He vuelto en muchas ocasiones a Jerusalén desde aquella primera vez hace más de treinta años, siempre con el temor de que la trasformación demográfica que el Gobierno israelí pretende haya logrado su objetivo y la ciudad me resulte ya irreconocible. Esto no ha ocurrido todavía. Jerusalén Oriental sigue siendo una ciudad árabe aunque cercada por un muro y un cinturón de colonias que la separan de su entorno natural y de sus gentes. Una ciudad de Palestina.
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Teresa Aranguren es periodista especializada en Oriente Próximo

Publicado en InfoLibre.es

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