Los hombres deben repensarse

Por | Eva Jiménez

47 mujeres han sido asesinadas en lo que llevamos de año. Alguien -su marido, pareja, expareja, una persona en la que una vez confiaron- las mató. 47 asesinatos, el último el día 30 de noviembre en Guadassuar (Comunidad Valenciana), motivados por la simple diferencia que existe entre los géneros, que se suman a los más de 900 que llevamos en los últimos 15 años. Y aunque las comparaciones son odiosas, parece que esta crifra no alarma tanto como las 829 víctimas que ETA mató durante más de 30 años de actividad.

 

En 2015 se computaron, al menos, 1.127 forzamientos. Y es escalofriante, aunque nadie parece estremecerse, que una mujer en España pueda ser violada cada ocho horas. Sin embargo, hasta el primer trimestre de este año, nunca se habían incorporado los delitos por agresión sexual en los balances de criminalidad. Aún así, todavía estamos lejos de que parezca importarnos: o al menos a nadie parece indignarle que entre el 70 y 80% de las agresiones sexuales sean cometidas por alguien del entorno cercano a la mujer.

Los ejemplos de estas pasadas semanas con la agresión sexual de La Manada o los cuestionamientos habituales a las víctimas de violencia de género parecen alentar el hecho de que a las mujeres se nos pueda juzgar en la sociedad, en la calle, por el entorno familiar e incluso el policial como si nuestra forma de actuar pudiera limitar la responsabilidad de los delitos de otros. Basta ya.

 

El movimiento feminista hace mucho tiempo que trata de explicar que la violencia de género es la punta de un iceberg que esconde un modelo cultural, social y de vida en el que el hombre y la mujer son distintos y en el que nosotras estamos por debajo porque sí. Y que si no actuamos sobre el modelo de desigualdad, la violencia de género seguirá existiendo. El Pacto de Estado contra la Violencia de Género, con todas sus deficiencias (e ineficiencias), demuestra que el movimiento feminista ha logrado poner en todas las agendas políticas un problema que hasta hace muy poco se dirimía en el ámbito de lo mal llamado íntimo. La lucha por la igualdad de las mujeres, el 50% de la población, es la lucha de toda la sociedad. Y sus conquistas, una liberación que va más allá del feminismo, favorecen a toda la población y son las únicas que pueden lograr la erradicación de la violencia de género como problema integral que nos afecta al conjunto de la sociedad.

Los micromachismos, entre los que se incluyen esos llamados chistes casposos que siempre se mofan de la condición femenina desde el prisma cultural machista, son ejemplos de normalización de comportamientos que siguen apuntalando la diferencia entre los géneros y enraizando el problema en la sociedad. Señalarlos, distinguirlos, cuestionar su moralidad, contribuye a evitar sus consecuencias a largo plazo: la materialización de la diferencia de poder en todo tipo de violencia. Precisamente, ese era el objetivo de la campaña se sensibilización (polémica) que llevó a cabo el mes pasado el Ayuntamiento de Zamora, que justamente pretendía señalar lo micro, lo pequeño, como origen de un problema global que se manifiesta en la imagen, simplista, de un ojo morado. Porque no son solo los insultos, que también, el control de la pareja, que por supuesto, las cosas invisibles que desembocan en la violencia de género… La cultura machista imperante y sus manifestaciones en las pequeñas cosas son la causa principal de la violencia que sufrimos las mujeres.

No nos peguemos tiros en el pie. No nos quedemos en el ataque a las formas y reconozcamos el fondo que nos permita avanzar. Rechacemos solo aquello que vulnera nuestros derechos y mejoremos eso otro que, aunque mejorable, nos permita alcanzar una cultura de igualdad. La campaña institucional zamorana quizás pueda mejorar la imagen gráfica para que sea más clara la culpabilización de los chistes machistas (sin gracia), pero en esencia no es mala idea relacionar la violencia de género con cosas cotidianas, como esos “gracejos” que escuchamos a diario en bares, calles y plazas. Son de hecho el principio del problema y es una buena noticia que en una institución lo visualicen así y es un triunfo del feminismo que se haya llegado hasta ahí.

Porque otra de las cuestiones fundamentales es que las campañas deben incidir en el comportamiento del agresor, no en el de la víctima. Ellos deberían tener el problema. La violencia de género afecta al conjunto de la sociedad, incluyendo a los hombres y a los niños. Hasta que los hombres no den un paso al frente y rechacen cualquier comportamiento machista y/o micro machista (que es el inicio de todo), poco se podrá hacer. Un nuevo modelo de masculinidad no sólo es necesario, es deseable y, lo que es mejor: ¡es posible! Los hombres deben repensarse y entender que, a lo mejor, desean un modelo de mujer que ya no existe.

Comportamientos de hoy en día demuestran que vivimos un tiempo de retroceso, y esto supone el fracaso de las políticas que se están aplicando en materia de violencia de género. Trabajemos una vez más juntas para señalar la base del problema contra la erradicación de la desigualdad como parte fundamental del origen de la violencia de género. Instruyamos a la sociedad y a las instituciones para mejorar las formas, pero no perdamos de vista siempre cuál debe ser la intención: decir que es la cultura machista en su conjunto el problema de la violencia de género.

 

Publicado en Diario16

IzAb opina

Almudena Grandes
Luis García Montero
Teresa Aranguren
Pedro Chaves
Tasio Oliver
Carlos Berzosa

Gaspar Llamazares

 

Montserrat Muñoz

Acceso usuarios

 

 

Exposición de Manuel Beltrán en El Foro de IzAb

 

 

Vídeos de la presentación de Actúa

 

 

 

¡Atención! Esta web o alguno de sus componente usan cookies. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso Saber más

Acepto