El domingo 7 de mayo en Francia y más allá.

Por | Pedro Chaves Giraldo.

De entre los colectivos más felices el pasado 23 de abril, día de la primera vuelta de las presidenciales francesas, los institutos de opinión. Por fin habían dado en el clavo y unas elecciones les recompensaban con unos resultados que significaban casi un pleno al 15 en sus predicciones demoscópicas. Si ese éxito puede interpretarse como una señal habrá que decir que el próximo domingo día 7, Emmanuel Macron ganará las elecciones y será investido presidente de la República Francesa. Pero es razonable guardar espacio para la duda y la sospecha: aun cuando todas las variables significativas apuntan en la dirección expresada, la victoria de Macron, sabemos que el diablo se esconde en los pequeños detalles y gusta de sorprender cuando menos te lo esperas.

 

En este caso, y a diferencia de las elecciones estadounidenses, por ejemplo, los votos contabilizados en urnas tienen una relación directa con el resultado final. No puede darse el caso de que uno de los dos candidatos supera en más de 3 millones de votos al otro, pero, finalmente, gobierne el que ha perdido en las urnas. Hay más datos, que sumados, alimentan la hipótesis de la victoria del candidato de En Marche, como la más probable.

El gráfico siguiente nos dice cómo va a dividirse el voto entre el electorado de los candidatos que no consiguieron pasar a la segunda vuelta. Con la prudencia con la que deben tomarse estas estimaciones parece que el resultado neto de las transferencias es favorables a Macron.

 

Marine Le Pen produce un rechazo mayor que Macron: sólo un 28% de los encuestados desearía que ganara Le Pen, frente a un 43% Macron.

No obstante, Macron concita poco entusiasmo y la mayoría de sus votantes reconoce que le votará como un mal menor (40% por convicción).

El trabajo de campo de la encuesta de la que se extraen estos datos se realizó el 30 de abril y el 1 de mayo, antes del debate entre los dos candidatos del pasado miércoles 3 de mayo. No es fácil saber la incidencia del mismo en las decisiones de los electores, pero las tres encuestas que se realizaron en Francia dieron como unánime ganador del mismo a Macron.

Hoy mismo Le Pen defendía su estrategia agresiva y falta de propuestas en ese debate. Según ella, todo el mundo conoce ya su programa y la violencia con la que se empleó no era sino el eco de la violencia social que estallará con la victoria de Macron. Le Pen se confiere la condición de voz de la mayoría de los franceses y candidata llamada a ahogar la llama de la rebelión social o a representarla.

Hay pocas dudas respecto a la situación de tensión social que se vive en muchos lugares de Europa. El malestar social que han producido las políticas austericidas es la causa principal de la grieta social que está generando tantas incertidumbres y amenazas. Por lo que hace a Francia, la ciudadanía de este país aparece dividida en tres tercios sobre qué hacer en relación con la apertura de esa nación al mundo: un 33% creen que sería deseable abrirse con más decisión; un 35% desearían protegerse con más intensidad y un 32% no quieren ni lo uno ni lo otro.

Teniendo en cuenta el enunciado tan genérico de la pregunta es difícil saber el significado preciso de las respuestas. Probablemente haya respuestas diversas y cruzadas. Es significativo, sin embargo, que sólo entre el electorado de Le Pen, esta relación es clara y contundente: sólo un 4% desea más apertura, frente a un 78% que desea más protección. El electorado de Mélenchon se expresa en términos claramente diferenciados: un 38% desea más apertura, frente a un 24% que desearía más proteccionismo.

En relación con el último eurobarómetro publicado (Eurobarómetro 87.1, abril 2017), ha crecido el número de franceses que considera positiva la pertenencia de su país a la UE (un 53% frente a un 14% que lo considera una mala cosa). Y una mayoría aplastante de franceses desearía que la UE interviniera más en temas como la lucha contra el terrorismo (un 82%), la lucha contra el paro (un 84%) la cuestión migratoria (71%) o la política económica (un 62%). Parece que Le Pen se equivoca en intentar vincular la inseguridad a la pertenencia de Francia a la UE. Pero el malestar no puede ser negado y puede ser representado de múltiples maneras.

El repliegue nacional se ha convertido en el sancta sanctorum de las derechas en todos los lugares e, incomprensiblemente, de una parte de la izquierda desnortada, que cree que los déficits democráticos acumulados pueden resolverse con un retorno a la “soberanía nacional”. Esta confusión entre soberanía nacional y soberanía popular está en el origen de muchos malentendidos y hoy, en el contexto actual, es un ingrediente que da sabor al potaje político que cocina la ultraderecha en toda Europa.

Los perfiles que Le Pen dibujó sobre su propuesta toman a la emigración como chivo expiatorio y al terrorismo islamista como justificación, pero los elementos claves del programa remiten a un “Francia primero” que tienen implicaciones en todos los órdenes: tanto para la vida de las empresas como para el mundo laboral-sindical, la relación con otros países, la cooperación en temas de seguridad o la respuesta a la cuestión migratoria.

Pero aunque la presentación mediática que Le Pen hace de sí misma parezca referirse a una confrontación entre una Francia popular y una Francia de las élites, al estilo Trump, lo cierto es que la construcción política de los conflictos está lejos de una matriz de clase, sus enunciados hacen referencia a un nuevo conflicto entre: derechos humanos contra identidad o mundialización contra nacionalismo. En una entrevista hace ya algunos meses, una periodista belga se refirió a Le Pen como la “nanti-système” haciendo un juego de palabras con la autoproclamada condición anti-sistema y popular de la dirigente del Front National pero su real condición de persona muy acaudalada. Nanti en francés significa ricachón, adinerado.

La condición capitalista de las propuestas del Frente Nacional no deja lugar a dudas. Por ejemplo, aunque Le Pen declama contra la directiva europea de trabajadores desplazados, omite decir que su partido no se opuso a la misma en la votación del Parlamento Europeo de abril de 2014. O que, a pesar de haber pedido la retirada de la Ley del Trabajo aprobada en Francia, sus diputados presentaron enmiendas tendentes a reforzar su naturaleza liberal. En su programa de 2017 el FN promete un crecimiento de los gastos, pero, por otra parte, defiende un déficit estructural igual a cero. O lo que es lo mismo, la “regla de oro” europea que impone la austeridad en todo el continente.

En términos sindical-laborales, el FN defiende el fortalecimiento de los convenios de rama y anuncia una “reforma de la representatividad” de los sindicatos que va más lejos de la que defendió Fillon en 2008. La idea del FN es promover estructuras sindicales que aglutinen a los asalariados, cuadros y patronos. Una versión renovada de los sindicatos corporatistas fascistas que tan bien conocemos en nuestro país.

La idea de volver a enunciar los conflictos modernos en términos estatal-nacionales es situarse en el imaginario de la extrema derecha: un mundo moderno atravesado por conflictos que confrontan identidades en un espacio multinacional que debe ser regulado por la vía del retorno a las prerrogativas regalianas de los estados.

Es difícil de creer que alguien considere seriamente la posibilidad de que puedan abordarse los problemas contemporáneos desde el espacio estatal-nacional: cooperación internacional, ecología y medio-ambiente, migraciones, cambio climático, derechos humanos. Y es más difícil de creer aún que se ignoren las consecuencias del repliegue nacional en una perspectiva de izquierdas. La geografía de fronteras produce competencia y confrontación, entre naciones y entre clases. No se puede escapar de esa lógica. Y en Europa, particularmente, nunca deberíamos de olvidar lo que eso significa.

Me resulta mucho más interesante abordar los desafíos que plantea dar respuesta a los problemas de legitimidad y democracia en una escala supranacional; construir formas de colaboración y cooperación entre economías diferenciadas de manera que se produzcan sinergias y como abordar de manera colectiva desafíos globales como el cambio climático y otros.

Necesitamos comprender mucho mejor porque amplios sectores populares apoyan a este tipo de partidos y, sobre todo, porque no se sienten representados por los partidos de la izquierda alternativa. Pero no se avanzará mucho reproduciendo el discurso de estas opciones partidarias, imaginando que ese cacareo producirá efectos virtuosos en términos de representación y/o electorales. Pero en situaciones de elección binaria como el del próximo domingo el hilo de Ariadna para salir del laberinto de la desolación es preguntarse con cuál de los dos candidatos es posible seguir teniendo opciones (alguna) de transformación social, cuál de los dos candidatos no irán tan lejos como para suprimir/reprimir la pluralidad y las alternativas en una sociedad dada. Creo que es una perspectiva cuya respuesta no ofrece dudas.

Nota: los datos de este artículo están sacados de la encuesta realizada por Cevipof para Ipsos, con una muestra de casi 14.000 encuestados.

 Publicado en Público.es

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